Defender lo indefendible

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A los que tenemos la costumbre de inclinarnos más o menos hacia la izquierda, siempre se nos ha acusado de tener una doble moral. De juzgar a los regímenes salvajes de derecha con los prejuicios de Torquemada y a los salvajes que se dicen de izquierda con la tolerancia de la Madre Teresa de Calcuta. Es un hecho que hasta muy avanzado el siglo XX los socialistas de casi todo el mundo (incluidos los de Europa) se negaron a aceptar las barbaridades injustificables del Estalinismo y las del propio Lenin. Tuvieron que venir  Kruschev, en los años sesenta, y luego Gorbachov, con su Perestroika, a destapar las ollas podridas de los Gulags, la represión brutal, la corrupción y la ineficacia generalizada, para que finalmente los socialistas de buena voluntad nos dignásemos a creer que la Unión Soviética era un completo desastre.

Con la Cuba de Fidel, para qué negarlo, fuimos todavía más indulgentes. Es cierto que la infinita estupidez de los norteamericanos les dio oxígeno y argumentos durante cincuenta años, pero cómo justificar las millones de familias rotas, las vidas sacrificadas en guerras sin sentido, los escritores y artistas perseguidos y arruinados, las penurias de tantos homosexuales, las décadas y décadas de miseria inútil en nombre de los estatutos de un partido y la voluntad de unos pocos. Cómo justificar que Fidel, ese tipo que tantos pusieron como ejemplo de dignidad, se hubiese convertido en una suerte de Mr. Roarke en uniforme de fajina, el capataz general de una isla bananera con un cohiba en la boca.

Pero entonces llegó el Comandante Chávez, con su Socialismo del Siglo XXI, y los fans de las izquierdas volvimos a creer, renovamos nuestros votos como ingenuas novicias del Sagrado Corazón. Una vez más los eternos defensores de la equidad universal depositamos nuestra fé en un nuevo revolucionario. La historia es harto conocida. El discurso vehemente, inflamado de buenas intenciones de aquel joven Teniente Coronel que había dado un golpe fallido. Buenas intenciones… El camino del infierno está pavimentado de buenas intenciones…

Veinte años después, ahí está el resultado. Chávez: muerto y lo poco que queda en pie de Venezuela está siendo destruido por los mutantes de su experimento. ¿Socialismo del Siglo XXI? Yo solo veo a una pandilla de delincuentes vestidos de rojo y con problemas de obesidad. Para mí ser socialista es otra cosa. No esos señores que durante la semana vomitan sus arengas revolucionarias y el viernes al mediodía se toman un vuelo a Miami a hacer sus compras con dólares preferenciales. Ni esos amigos del gobierno de Maduro que se llenan la boca hablando de la Patria y que luego vienen de shopping de propiedades a España o depositan sus ahorros en dólares o en euros en bancos de Andorra y Zurich. Ni esos burócratas incapaces que han arruinado lo poco que funcionaba de la agricultura y la ganadería y han destruido todo el tejido productivo y comercial de país, y ahora le echan la culpa de su mediocridad a los “sabotajes contrarrevolucionarios”. Y mucho menos esos que dan la orden de disparar a mansalva o atropellar a la gente que protesta, toda esa gente que está simplemente harta.

Eso no es defender la revolución. Eso es simple y llanamente ser un asesino.

Todos estos revolucionarios de pacotilla que han condenando a la mayoría de los venezolanos a la miseria y a la decadencia más absolutas, son los verdaderos enemigos de cualquier cosa parecida al socialismo. Por lo menos para aquellos que como yo todavía creemos que es posible una sociedad más justa, con igualdad de oportunidades y una mejor calidad de vida para todos, no solo para algunos.

Una sociedad más justa no es una utopía marciana. En el mundo existen unos cuantos países que lo han logrado o están muy cerca de lograrlo. Me refiero a Finlandia, Dinamarca, Noruega, Suecia, Canadá, Nueva Zelanda o Australia.

En esos países están los verdaderos revolucionarios, no en Venezuela ni en Cuba.

Por todo lo anteriormente expuesto me sorprende que a estas alturas Maduro y los impresentables que lo acompañan, todavía tengan algunos defensores dentro y fuera de Venezuela. No hay dignidad alguna en defender un discurso vacío que sólo se parece a lo que creemos. La dignidad está en el deseo de toda esa gente que ahora sale a la calle a protestar, porque quiere, necesita, vivir un poco mejor.